
Llego crispado. Antes de realizar la habitual tourné internáutica de todas las noches tras un ratillo de ocio he pasado por un establecimiento de Yecla. Y allí me he encontrado con un grupo de garrulos e ineptos que estaban ridiculizando e insultando a un chaval con claros gestos despectivos hacia la diversidad sexual. Y me parece un atropello. Me parece horroroso, lamentable, bochornoso y cruel que cosas así pasen a estas alturas del siglo XXI, donde algo así debiera estar normalizado plenamente en nuestra sociedad.
Que tristes esos garrulos, imbéciles que no saben hacer una o con un canuto, gilipollas que no tienen ni la eso, enfarlopados que solo saben reirse con un kilo de coca en sus narices, infelices con vidas tremendamente apagadas y pueblerinos que no han ido más allá que a las fiestas del pueblo de al lado, cuyo única diversión es mofarse y pelearse con la gente. Subnormales. No sé si me dan asco o pena.
Y a usted que está leyendo esto, espero que no sea un retógrado que dificulta aquello que es normal y que entre todos tenemos que erradicar en nuestro día a día cotidiano: la intolerancia y, en este caso, la homofobia.
